30 de mayo de 2025
El valor oculto de la diáspora científica
Se calcula que más de 120.000 científicas y científicos colombianos decidieron radicarse en otros países. Esta es una cantidad muy significativa, especialmente para un país que está lejos de consolidar una comunidad científica que impacte significativamente su desarrollo.
Cuando se habla de migración, normalmente está relacionada con fronteras, búsquedas de una vida mejor o, lamentablemente, xenofobia y crisis humanitarias.
Pero, normalmente, se olvida un tipo particular de migración, que tiene implicaciones profundas para la innovación, la economía y la diplomacia entre países.
Se trata del movimiento a otros países de profesionales de diversas ciencias, que se trasladan de su país de origen a otro, llevando consigo no solo su intelecto, sino también su formación, sus ideas y sus redes.
La migración de científicas y científicos no es un fenómeno nuevo. A lo largo de la historia, hemos visto cómo grandes pensadores y descubridores han viajado, a veces por elección, a veces por necesidad, llevando consigo sus saberes.
Esta migración se da desde que los sabios de la antigua Grecia viajaban a Egipto, pasando por la migración de talentos durante las guerras mundiales, hasta la fuga de cerebros de países en desarrollo. Lo que sí es nuevo es la escala, la velocidad y la interconexión de esta diáspora en el siglo XXI.
Esta movilidad, a veces llamada «fuga de cerebros» cuando se percibe como una pérdida neta para el país de origen, es en realidad un fenómeno mucho más matizado y complejo.
Más que una simple «fuga», hoy preferimos hablar de «circulación de cerebros» o «ganancia de cerebros» en ambos sentidos. Estos científicos no solo se llevan conocimiento; también lo adquieren, lo refinan y lo enriquecen con otras perspectivas.
Desde una perspectiva optimista, el impacto de la diáspora científica es bidireccional. Para los países de acogida, la llegada de talento internacional es una inyección de vitalidad. Los científicos que llegan aportan nuevas ideas, diversifican las perspectivas de investigación, llenan vacíos en la fuerza laboral especializada y, a menudo, son motores clave de la innovación y el crecimiento económico.
Por su parte, los países de origen, que muchas veces han invertido en la formación inicial de estos científicos, perciben normalmente la emigración de profesionales de la ciencia como una pérdida. Esto es parcialmente cierto. Sin embargo, la consolidación de una diáspora científica puede convertirse en un factor de conexión con la comunidad científica de otros países y un factor de desarrollo del conocimiento, la sociedad y la economía. Los científicos en el extranjero pueden establecer redes de colaboración con sus instituciones de origen, facilitar el intercambio de estudiantes y profesores, atraer inversiones, o incluso regresar con nuevas habilidades, contactos y financiación para impulsar la investigación y el desarrollo en casa.
Los programas de brain circulation o brain gain son ejemplo de estos mecanismos: buscan capitalizar estas conexiones, incentivando el retorno temporal o permanente, o facilitando la colaboración a distancia.
No obstante, los desafíos siguen siendo grandes. La pérdida de talento puede ser crítica para países con recursos limitados o con sistemas educativos y de investigación débiles. Puede haber una erosión de la capacidad local de investigación, una dependencia continua de la tecnología extranjera, o una falta de liderazgo en áreas clave.
Para entender qué es la diáspora científica, qué factores ayudan a cohesionarla y qué mecanismos pueden movilizarla, nos acompañan: desde Oslo, Kleinsy Bonilla, Vicepresidenta para América Latina y el Caribe de la Organización de Mujeres en Ciencia en el Mundo en Desarrollo (OWSD); desde Sacramento, Paulina Carmona, bioquímica chilena y doctora en ciencias médicas; desde Barranquilla, Luisa Echeverría King, de la universidad Simón Bolívar, y desde la ciudad de State College, José Julián Prieto, de la Penn State University.