16 de junio de 2020

Cuando la cooperación es indeseable: problemas económicos en la post-pandemia

Javier Garay advierte que el consenso sobre la conveniencia de aplicar medidas de tipo keynesiano para enfrentar la crisis ocasionada por la COVID-19 puede llevar en el futuro próximo a una corrección traumática de los efectos causados por estas mismas políticas.

Javier Garay

Docente – investigador Escuela de Relaciones Internacionales – FIGRI. Doctor en ciencia política, Universidad de Paris-Est, magíster en asuntos internacionales. Actualmente, es investigador visitante en la Anderson School of Management, de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA).

@Crittiko | javier.garay@uexternado.edu.co

Cada crisis nos convierte a todos en keynesianos. No obstante, el mundo parece ser keynesiano de tiempo completo.

Por lo menos, desde 2008.

La crisis de finales de la primera década del nuevo milenio fue percibida como un fracaso de los procesos de liberalización financiera en el mundo. El mundo se refugió en la concepción keynesiana tradicional: gasto público para financiar la recuperación, financiado por medio de políticas de flexibilización cuantitativa (las famosas QE), unido a políticas tributarias encaminadas a disminuir la carga impositiva sobre algunos grupos sociales.

El resultado fue un creciente proceso de endeudamiento en el mundo. Esto no solo se debió a la consecuencia lógica de un mayor gasto público con menores perspectivas de recaudo en el corto plazo, sino también a las consecuencias no visibles, pero no por ello inexistentes, de la macro keynesiana: la distorsión en tasas de interés, por ejemplo, crean ilusiones de cambios en las preferencias intertemporales de gasto de las sociedades, lo que altera las perspectivas de proyectos de inversión.

Un proyecto que no es viable en un nivel dado de tasas de interés puede serlo en otro. Pero esto no implica que la sociedad haya cambiado su percepción sobre la utilidad de ese proyecto en particular. Este sigue siendo inviable en la práctica, pero no en el papel. Así, se adelantan inversiones con deuda, pero que no sobrevivirán por la acción del mercado.

Así estábamos en una situación de normalidad. Y llegó la pandemia global, causada por la COVID-19. La respuesta inmediata, la interpretación colectiva, fue igual que en 2008: necesitamos más de la receta keynesiana.

Seguro ahora sí funcionará. Después veremos qué hacer con las consecuencias. Bueno, estas no tardarán en llegar.

El panorama antes de la pandemia

Los informes de organizaciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Foro Económico Mundial (WEF) y el Banco Mundial (BM) ya venían alertando sobre la creciente configuración de una situación de endeudamiento tal en el mundo que podría llevarnos a una crisis global.

De las previsiones siempre hay que desconfiar, pero algunos hablaban de una posible recesión en 2020, 2021 o 2022. Nunca vamos a saber si tenían razón.

El punto es que los datos venían generando preocupación en los expertos. En 2018, la consultora McKinsey había publicado un informe alertando sobre la situación. En 2019, también lo hizo Bloomberg.

Pero la cosa no mejoró. Como que nadie estaba escuchando. Ya en enero 14 de 2020, cuando ya se estaba hablando de un virus desconocido del que se habían presentado los primeros enfermos en China y que ya estaba generando temores en los aeropuertos de la costa oeste de los Estados Unidos, CNN publicó unos datos alarmantes:

  1. Tan solo en 2019, la deuda global creció en 9 billones (con doce ceros) de dólares, alcanzando los 253 billones (con los mismos doce ceros) en el mundo.
  2. Esto llevó a que la deuda global fuera el 322% del PIB global.
  3. Los países más endeudados son, a su vez, los más keynesianos desde 2008: los países desarrollados. Estos tenían en ese entonces una tasa de endeudamiento de 383% de su PIB.
  4. Aunque los países no desarrollados tenían menores niveles de deuda, parecían empeñados en incrementarla (seguramente para ponerse al nivel de los desarrollados). El caso de China, país donde se originó la pandemia global y motor de la economía global, era preocupante: su deuda se acercaba al 310% de su PIB.

La composición de la deuda estaba en niveles altísimos para todos los agentes en todos los países. En los casos de Estados Unidos y Japón, los niveles más altos de deuda los tenían los gobiernos; mientras que en la zona Euro y en China, los detentaban las empresas.

…Y llegó la pandemia

Mientras esto se mencionaba en los medios — sin mayor discusión o interés por parte del público, concentrado, más bien, en la oleada de manifestaciones en diversas partes del mundo y en el fallido intento de impeachment en contra del presidente estadounidense, Donald Trump — las noticias sobre más infectados por la COVID-19 aumentaron. La situación se salió de control hasta el 11 de marzo, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el virus como pandemia global.

El mundo se cerró, se encerró, mientras que la gente se volvió mucho más keynesiana. Y los gobiernos no hicieron mucho por impedirlo.

En una investigación que estoy desarrollando sobre las medidas que se han tomado en diversos países del mundo, encuentro evidencia del consenso keynesiano. La consultora KPMG ha rastreado las decisiones económicas de 170 países. De ellos, según mis cálculos, 148 han tomado decisiones encaminadas a disminuir, simplificar, así sea temporalmente, el recaudo, cobro y los niveles impositivos. De igual manera, 144 han implementado paquetes de gasto público para estimular la economía.

En la siguiente gráfica, en la que se contrasta aquéllos países que han tomado decisiones de disminución de impuestos con el dato de deuda externa como porcentaje del PIB, se puede observar un dato interesante:

Gráfica realizada por el autor, con datos del Banco Mundial y de KPMG. Esta versión es preliminar, para una investigación en curso.

Como se puede observar, aquéllos países que han adelantado políticas de reducción tributaria tienen, en promedio, mayores niveles de deuda sobre PIB. Esto no solo previene sobre los efectos futuros en materia de financiación de esa deuda, sino que parece ser que la mentalidad keynesiana genera comportamientos de mayor irresponsabilidad fiscal. Ahora, esto tendrá que mostrarse, en el futuro, con más evidencia.

Por ahora, lo que es claro es que la deuda sigue creciendo. De hecho, en esta herramienta que muestra los niveles de deuda para diversos países en tiempo real: https://usdebtclock.org/world-debt-clock.html, el lector puede experimentar la rapidez con la que lo está haciendo.

¿Y el ámbito internacional?

Hasta acá, podría alimentarse una narrativa muy común: cada país toma decisiones por su lado, sin coordinación, sin cooperación, y estas llevan a la larga a una peor situación para todos.

Sin embargo, esa narrativa no se ratifica del todo cuando se mira la evidencia. En mi investigación, se encuentra también lo que han hecho organizaciones internacionales, sean intergubernamentales o supranacionales, en el marco de la pandemia. El resumen es: todas han estimulado ese keynesianismo global:

  • El Banco Central Europeo ha puesto a disposición de los estados recursos para rescate financiero cercanos al 7,3% del PIB de la zona Euro.
  • La Unión Europea ha generado paquetes de gasto público que superan el 1,38 billón (con doce ceros) de Euros.
  • El FMI ha simplificado los procesos de acceso a recursos de financiación y ha creado unos nuevos.
  • La OCDE está sugiriéndole a los países miembros la receta keynesiana que acá se ha descrito. (Es bien interesante que, a pesar de ser tan utilizada, sigue diciéndose de ella que al ser tiempos atípicos, tienen que adoptarse medidas atípicas).
  • La ONU está demandando más y más recursos por parte de los países miembros, en particular, para un fondo creado a raíz de la pandemia. El fondo espera proporcionar datos e información…
  • El Banco Mundial ha puesto a disposición de los países más de 14 mil millones de dólares en préstamos con requerimientos simplificados.

¿Sirve de algo la alerta?

La acá planteada no es una discusión sobre la pertinencia o no de las medidas keynesianas. No es este el objetivo ni el espacio. Partimos de un hecho: las medidas se han tomado y ya están siendo implementadas.

Tampoco este es el espacio para demostrar la relevancia de las ideas en las que se cree y cómo éstas tienen efectos en otras dimensiones. Eso es objeto de parte de mis investigaciones.

Lo que sí se pretende resaltar con lo que se ha mencionado es que esas medidas tienen efectos. Desde el punto de vista internacional, se pueden esperar varios en los próximos años y tener como base una discusión sobre algunos conceptos que damos como intrínsecamente positivos, pero que no necesariamente son así.

Primero, los efectos. Lo más evidente es que el mundo debe prepararse, no solo para lo que viene en desaceleración económica (o recesión o depresión) como resultado de las políticas de confinamiento que se adoptaron en prácticamente todos los países, sino que en los próximos años tendrá que haber una corrección de las políticas que se han implementado: tasas de interés artificialmente bajas, procesos de sobre-endeudamiento, gasto público con cargo al futuro, bajos niveles de tributación que no pueden mantenerse por siempre.

Esta tendencia se verá agravada si, como algunos están anunciando, el comercio internacional no tiene una rápida recuperación, no solo como resultado de previsibles procesos proteccionistas, sino como resultado de la ruptura en las cadenas logísticas y de producción a escala global. De igual manera, si las sociedades sucumben, como se prevé, a impulsos de nacionalismo económico, la crisis puede ser mucho más profunda y larga en el tiempo.

Una crisis de semejante magnitud tendrá impactos en el ámbito global. Menciono dos: primero, los avances para la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible se verán desfinanciados, por decir lo menos. En el mismo sentido, quedan dudas sobre los esfuerzos para mitigar o enfrentar el cambio climático. Este es un asunto de máxima relevancia si se tiene en cuenta que una pandemia generó este nivel de traumatismo en todas las estructuras sociales existentes, no alcanzamos a imaginar qué efectos tendría un desastre ambiental.

Segundo, lo más seguro es que esta crisis impactará negativamente los escenarios (y procesos) multilaterales. En los próximos años, los esfuerzos de integración pueden detenerse o retroceder. Las organizaciones políticas o financieras internacionales serán fuertemente golpeadas. Este fenómeno se ve agravado como resultado de las dudas sobre el papel de la OMS ante la pandemia.

Lo anterior debe servir como excusa para discutir uno de los conceptos más mencionados, pero poco reflexionados, en las relaciones internacionales, en general, y en los estudios de gobernanza global, en particular: el de cooperación internacional.

Solemos considerar que la mera cooperación es necesaria para solucionar los problemas globales. Sin embargo, como muestra lo que sucede en el ámbito de economía política internacional, ahora podemos hablar de una suerte de coordinación de políticas. Incluso, las autoridades globales impulsan esas políticas. El problema es que, a la larga, el consenso es el generador de los problemas. En este caso, el trabajo mancomunado hacia un fin compartido (lo que algunos consideran que es la cooperación) o la solución de una situación estratégica (para los que entienden la cooperación como una posible solución explicada por teoría de juegos) no son el remedio sino la causa de la enfermedad.

Hay que considerar la posibilidad de que la cooperación, la coordinación y el consenso no son necesariamente siempre positivos.

Reconocerlo es relevante en la actualidad. Para parafrasear a un intelectual colombiano, ojalá que, en este tema, alguien se atreviera a llevar la contraria.


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