12 de marzo de 2020

El cisne negro y el dragón convaleciente

Graziano Palamara, profesor de FIGRI, utiliza la metáfora del Cisne Negro de Taleb Nassim para plantear un escenario internacional en el que China puede salir fortalecida políticamente tras haber superado parcialmente el COVID-19.

Graziano Palamara

PhD en Teoría e Historia de las Instituciones, Profesor de Historia Internacional y Docente Investigador (Asociado) de FIGRI

graziano.palamara@uexternado.edu.co

¿Cuánto y de qué manera la difusión del Covid-19 cambiará el sistema internacional? Son muchos los expertos de relaciones internacionales (y no sólo ellos) que en estos días están tratando de contestar la pregunta.

Desde que la enfermedad salió de China, su lugar de origen, las conjeturas sobre los cambios que la epidemia originará en las distintas dimensiones del orden internacional se han sucedido sin tregua, casi a la par de la expansión de los contagios, ya presentes en más de 90 países.

¿Un cisne negro de magnitud internacional?

Entre quienes pronostican radicales escenarios de de-globalización y quienes plantean nuevas realidades de interdependencia, parece haber un único punto cierto: la difusión del Coronavirus es un “cisne negro”, es decir, de acuerdo a la metáfora de Nassin Taleb, un suceso no previsible que atropella todo hasta cambiar el rumbo de la historia.

No sería la primera vez que una epidemia modifica los equilibrios geopolíticos. El Covid-19, por fin calificado como pandemia por la Organización Mundial de la Salud, ya sobrepasó los confines de la mera emergencia sanitaria global y su impacto sobre las dinámicas económicas, políticas e incluso culturales internacionales dependerá de su duración, intensidad y propagación.

Las consecuencias del Covid-19 sobre el sistema internacional derivarán también de las respuestas de los países a la crisis y de las formas en que los Estados querrán redibujar sus vínculos.

Si a nivel interno, de hecho, la emergencia va convirtiéndose cada día más en un stress test para los servicios sanitarios nacionales y la capacidad de los gobiernos de limitar ciertas libertades personales, a nivel externo, lo que preocupa es el empujón a la fragmentación que la pandemia puede generar.

Medidas como el cierre de las fronteras, la exaltación de los confines, las restricciones a todo tipo de intercambio, aunque justificadas por la necesidad de contener los contagios, podrían fortalecer procesos ya en curso como la reaparición de enérgicos nacionalismos, el ascenso de soberanismos autoritarios y el regreso al proteccionismo.

La enfermedad del dragón

China es el Estado que, por razones evidentes, más se encuentra bajo la mirada de quienes se interrogan sobre las secuelas internacionales de la pandemia.

El gigante asiático no es solo el país donde nació la nueva cepa del virus; también es el actor que en las últimas décadas más contribuyó a las trasformaciones de las dinámicas globales hasta afianzarse en el papel de principal peer competitor de los Estados Unidos.

Del estado de salud de la economía china, además, depende en amplia medida el mundial. El dragón, de hecho, es un proveedor fundamental de bienes intermedios para muchos sectores, el mayor cliente al mundo de materias primas y, como si fuera poco, a las inversiones de Beijing están vinculados los progresos económicos de amplias áreas.

El estallido de la crisis afectó el prestigio de China y los esfuerzos hechos para alcanzar el estatus de superpotencia. El manejo inicial de la epidemia, con la tentativa de las autoridades de ocultar la gravedad del virus, arrojó nuevas sombras sobre un sistema aún lejos de reconocer la “transparencia” como un principio capital para la acción gubernativa.

Al mismo tiempo, el asunto opacó la imagen de modernidad con la que China quiere apuntar al vértice del poder mundial. Después del Sars, la neumonía que en 2003 se propagó de pequeños mamíferos a las personas, el Covid-19 es la segunda epidemia de origen chino que surge de un contagio entre animales y seres humanos.

Es indudables que estas transmisiones riñen con el perfil de país avanzado que Beijing se afana por proyectar y, más bien, devuelven la evidencia de retrasos todavía por superar.

También es cierto, sin embargo, que después de la reacción tardía, China supo responder a la epidemia poniendo en marcha iniciativas impresionantes. Tal vez es fácil imaginar que un régimen autocrático logre imponer con mayor facilidad drásticas medidas de cuarentena a millones de personas para contener los contagios. Pero, menos obvio es dar por sentado el empleo de una sorprendente superioridad tecnológica puesta al servicio del mismo objetivo.

No son casualidad las imágenes del hospital construido tan solo en 10 días para acoger mil personas dieron la vuelta al mundo como ejemplo descomunal de capacidad organizativa y nivel de innovación. Por otra parte, estas medidas parecen haber empezado a dar resultados. El número de los contagios en el país va cuesta abajo y las autoridades ya pueden cerrar los hospitales temporales montados para enfrentar la emergencia.

El 10 de marzo, el presidente Xi Jinping ha visitado oficialmente Wuhan, la ciudad de la que se había difundido el virus. Su presencia ahí quiso ser la prueba del comienzo de la victoria china contra el Covid-19 y la señal de que el dragón ya es convaleciente.

La recuperación, además, se ve confirmada también por la paulatina reanudación de las actividades económicas y productivas. El mismo “modelo Wuhan”, con todas las rígidas medidas adoptadas para contener la propagación del virus, empezó a ser celebrado por la prensa gubernativa y alardeado al mundo como el método a seguir para vencer la pandemia.

El dragón alza el vuelo nuevamente

Beijing, por supuesto, sabe bien que el partido no ha terminado. Sin embargo, mientras el resto del mundo occidental aún tiene que enfrentar la crisis, China puede empezar a recuperar su trayectoria de ascenso a rango de superpotencia; sobre todo, en línea con el principio declarado de su política exterior – construir una comunidad humana con destino común – Beijing puede empezar a brindar algunas garantías contra el pánico del cisne negro.

También en este caso las señales no faltan. La demostración más evidente, tal vez, fue la intención de las autoridades chinas de suministrar a Italia cien mil tapabocas avanzados, veinte mil trajes de protección, cincuenta mil equipos diagnósticos, mil ventiladores y dos millones de mascarillas desechables. Junto al suministro del material sanitario llegará a Italia también un equipo de doctores.

El apoyo al gobierno de Roma es una acción llena de significados. Italia es al momento el país con más muertes confirmadas por la epidemia después de China y el primero en occidente en decretar la cuarentena para toda la población nacional.

Pero, para Beijing, Italia es sobre todo una pieza fundamental en su diseño de expansión infraestructural y económica global. La Península, de hecho, estaría involucrada en el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda con uno de sus puertos que, junto al griego del Pireo, permitiría el tránsito de las mercancías por el Mediterráneo y las conexiones con la Europa del norte.

En marzo de 2019, Roma y Beijing firmaron 29 convenios de colaboración en distintos sectores. Muchos socios europeos criticaron en su momento la actitud italiana temiendo que, a través de la Península, China pudiera aumentar su influencia en todo el Viejo Continente.

La ayuda que la República Popular China promete hoy a Italia contra el Covid-19 tiene, entonces, un alto sentido político y estratégico. El apoyo, además, se dio a saber justo cuando Italia se sintió más abandonada por los demás países europeos que respondieron a las llamadas de auxilio procedentes de Roma o cerrando las fronteras, o rechazando el pedido de equipamiento sanitario.

El aliento del dragón llega a Europa

Así las cosas, la intención china de respaldar a Italia terminó resaltando también las divergencias con la que la Unión Europea (UE) ha abordado la difusión de los contagios en los países miembros.

Al respecto, sin embargo, es útil recordar que en la UE las competencias sanitarias se manejan todas a nivel nacional y que, por fin, el 11 de marzo, la Comisión Europea anunció la creación de un fondo de 25.000 millones de euros para enfrentar las consecuencias de la pandemia. Los próximos días indicarán si realmente Europa querrá solucionar conjuntamente el reto.

Los días venideros también dirán con qué velocidad China sabrá recuperar el terreno perdido en los últimos dos meses. Ahora que también en los Estados Unidos la emergencia empieza a agravarse, China podría incluso aprovechar de las dificultades de Washington para retomar fuerza.

Sobre esta posibilidad pesa evidentemente la compleja situación económica y financiera internacional, cargada, en los días pasados, por la guerra de los precios del petróleo entre Rusia y Arabia Saudita. No obstante, la crisis de 2008 ya enseñó al mundo que Beijing tiene los medios y una estructura estatal autoritaria capaz de convertir los momentos de inestabilidad en oportunidades para salir más fortalecida. A estos recursos, la República Popular China añade hoy el orgullo del “modelo Wuhan”.

Si la fórmula del gigante asiático puede contener las inquietudes que hoy sacuden el frágil sistema internacional, podremos finalmente contar con una no tan obvia victoria del dragón sobre el cisne negro.


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