31 de julio de 2020

En defensa del multilateralismo

Rafael Piñeros argumenta que el multilateralismo permite encontrar soluciones novedosas a crisis como la generada por la COVID-19, siempre y cuando se integren nuevas formas de pensar, liderazgos efectivos y una favorable distribución de pesos.

Rafael Piñeros

Docente investigador de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales. Coordinador del área de relaciones internacionales de los programas de pregrado. Candidato a doctor por la Universidad Externado de Colombia, magister en análisis de problemas políticos, económicos e internacionales contemporáneos.

@RafaPinerosA  | rafael.pineros@uexternado.edu.co

Asumo, al escribir estas líneas, que puedo estar equivocado, pero casi con certeza premonitoria, el personaje del año será una especie invisible, disgregada globalmente por el creciente y constante movimiento humano que afecta a todos de manera diferenciada. Sin científico que patente vacuna alguna, será la COVID-19 la que se lleve todos los análisis decembrinos. Llegó de repente, como quien no quiere ser interrumpido, sin ser invocado, como la guerra comercial entre Estados Unidos y China, pero nos afectó a todos. Una de las innumerables discusiones ha girado sobre cómo gestionar la grave pandemia y cómo podremos salir más fortalecidos como sociedades, hablando individual y colectivamente. 

En ese sentido, las líneas que siguen serán una defensa de las respuestas concertadas y multilaterales, más que de las fuerzas centrífugas que abogan por respuestas individuales frente a los desafíos presentes. Así, el multilateralismo efectivo, requiere una especie de Axis virtuoso, frente a la COVID-19 y otros demonios, requiere, al menos desde mi perspectiva, tres elementos centrales que se escapan eventualmente a los textos básicos sobre la materia:

  1. nuevas formas de pensar
  2. liderazgos efectivos
  3. una favorable distribución de pesos. 

Flexibilidad y dinamismo 

Primero, los tiempos cambian, los Estados se adaptan y las sociedades constantemente cambian sus sistemas normativos para adaptarlos a nuevas realidades. En efecto, si alcanzar acuerdos mínimos internacionales que se materializan en tratados es una labor maratónica, reformarlos o modificarlos puede ser una cuestión de nunca acabar. Lo anterior refleja la necesidad de acuerdos más adaptables en el tiempo. A la Carta de las Naciones Unidas la quieren reformar casi desde su nacimiento. Otros foros, específicos en sus temáticas, sin pretensiones más allá de una eficacia visible al ciudadano, en el que se aprecien ganancias palpables, pueden estar mejor equipados para el siglo XXI. 

Un ejemplo de lo anterior podría ser la construcción de instrumentos a diferentes velocidades. Planteado en los años setenta y ochenta por los países europeos en el interior de la Unión, la diplomacia a varias velocidades, sin dejar a nadie completamente atrás, podría ser un vehículo para permitir que algunos puedan profundizar el relacionamiento en asuntos particulares, sin que ello fuera sinónimo de abandonar o dejar a otros atrás

Aterrizado a la pandemia, si ciertos Estados deciden cooperar únicamente con el fin de conseguir una vacuna efectiva, económica y sin efectos secundarios, dentro del marco de alguna institución internacional, comprometiéndose igualmente a compartir los hallazgos de manera desinteresada, sería una buena muestra de cómo sí se pueden generar consensos positivos para el desarrollo multilateral. 

Ponerse la camiseta 

Segundo, dicho en términos coloquiales, se requiere que alguien o algunos se pongan la maleta a las espaldas, es decir, estén dispuestos a asumir costos por la labor multilateral. Entablar una negociación efectiva en el ámbito multilateral requiere, al menos sutilmente, un cambio en las posiciones iniciales. Esto se traduce en la necesidad de otorgar algo en contraprestación. Estar dispuesto a compartir información en seguridad para ganar una mejor y más completa base de datos con información propia y de otros, podría ser un ejemplo. Así, se requiere de políticos astutos, hábiles y muy dinámicos que puedan generar los consensos externos e internos necesarios para que no suceda lo que ha ocurrido con Estados Unidos y el Acuerdo de París: Barack Obama negoció un tratado muy positivo frente a otros colegas internacionales, pero muy complejo de ser aceptado por la oposición republicana. 

En esta ocasión quiero referirme al acuerdo alcanzado en el Consejo Europeo del pasado 17-21 de julio. Los costos por asumir eran muy altos. Por un lado, una disgregación del proceso de integración, fuertemente criticado luego de la salida británica, debido a la incapacidad de proveer líneas de crédito y recursos a las economías más afectadas por la pandemia. Por otro, el mantenimiento de una rigidez absoluta frente al endeudamiento en una situación extraordinaria como la pandemia, persuadía a unos pocos que tienen sus cuentas pero afectaba a la gran mayoría. En otras palabras, buscar el preciso balance entre endeudamiento europeo y recortes, fue la fórmula que permitió destrabar la sin salida de una Europa rica pero poco solidaria. 

La iniciativa de Angela Merckel Emmanuel Macron demostró que nuevamente sobresalen esas pinceladas de liderazgo, capaz de alterar posiciones iniciales para alcanzar consensos más amplios. 

La necesidad e importancia de los contrapesos 

La participación de jugadores fuertes requiere de contrapesos individuales o colectivos. Cuando nació el proceso de integración europeo, el eje franco – alemán se consideró indispensable para el avance y consolidación del proceso. El posterior ingreso británico determinó por algún tiempo una especie de triunvirato rotativo. Sin que estuviera escrito, en ocasiones Berlín, en otras París y también Londres, lograban generar consensos apropiados para la gestión adecuada de los asuntos en común. 

El problema resulta cuando hay otros jugadores igualmente fuertes, que no dan su brazo a torcer, como es el caso actual de Estados Unidos. La idea de Donald Trump de America First contradice toda lógica grupal, pone en jaque “ceder individualmente para ganar conjuntamente” y estimula la división centrífuga, en el sentido que lleva a cada Estado a “imaginar” un camino unilateral para la solución de problemas que crecientemente son transnacionales. ¿Acaso para los países de ingresos medios o bajos será fácil conseguir individualmente vacunas para la COVID-19? Que Estados Unidos, China o Alemania sean indispensables para generar procesos más fuertes, no implica que, si hoy deciden adoptar posiciones unilaterales, los demás deban hacer lo propio. Por el contrario, la unión, la solidaridad y el trabajo en equipo son una vía efectiva para que los actores más débiles puedan enfrentar los desafíos globales. 

Estas reflexiones están dirigidas a reconocer que, si bien no es perfecto, el multilateralismo permite y facilita encontrar soluciones, novedosas si se quiere, y se proveen los incentivos precisos, a partir de la flexibilidad y el dinamismo, el liderazgo efectivo y el adecuado proceso de balancear el poder y la influencia de los más fuertes.


Responder a “En defensa del multilateralismo”

  1. Me interesa mucho la conferencia

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