21 de mayo de 2021

Reflexiones tras la lectura de Los Muchachos de Zinc

La literatura tiene mucho que enseñarnos sobre la humanidad, la historia, la política, la economía y, por supuesto, las relaciones internacionales.

Francisco Daniel Trejos

Estudiante de la Maestría en Asuntos Internacionales. Asistente de investigación de CESICAM

@daniel2trejos | francisco.trejos@uexternado.edu.co


En ciencias sociales no todo tiene que ser libros y artículos académicos, manuales, ensayos, conceptos, marcos teóricos, etc. Hay que abrirle espacio a la literatura. Gracias al consejo de mi mejor amigo, llegó este año a mis manos el que ha sido el mejor libro que jamás haya leído: Los Muchachos de Zinc, de la premio nobel de literatura Svetlana Alexiévich. Esta obra de la escritora, periodista e historiadora bielorrusa permite viajar a las vivencias, pensamientos, sentimientos, emociones y ambientes de hombres y mujeres, poco tiempo después de volver de la invasión de Afganistán (1979-1989), así como de las madres que perdieron a sus hijos en ella.

Contexto

Parece haber consenso entre distintas fuentes que la derrota en Afganistán incidió en la caída del régimen autoritario de la Unión Soviética. Lo cierto es que una operación planeada para durar unas cuantas semanas en 1979, cuyo fin era respaldar un gobierno socialista aliado, se convirtió en una guerra de 10 años que cobró la vida de 15.000 soldados soviéticos y cerca de un millón de afganos.

El montañoso relieve, la guerra de guerrillas, el apoyo de otras potencias a los combatientes yihadistas, el rechazo de la población local, entre otros, propició la degradación del conflicto. Al final, ningún bando se impuso sobre al otro, sino que los altos costos sociales y económicos, sumados a la presión interna, provocaron la retirada de las tropas soviéticas. No es sorpresa el calificativo del “Vietnam Soviético”.

El libro

Esta obra encaja dentro del género de la literatura narrativa documental. Se compone de cuatro partes. Las tres primeras consisten en fragmentos de transcripciones de entrevistas, ordenadas y estilizadas por la autora. Cada una firmada por el papel del sujeto dentro del conflicto: madre, soldado, comandante, médico, etc.

En esta entrada quiero compartir seis reflexiones que me dejó Los Muchachos de Zinc.

La primera es que, una vez más, se desmiente la posibilidad de la existencia del Estado totalitario, omnipresente y omnipotente. Los relatos del libro muestran que, a pesar de que el gobierno de la Unión Soviética quiso callar a soldados y madres que lloraban por sus hijos, los ataúdes de zinc -dentro de los cuales regresaban a los cadáveres-, los mutilados; los jóvenes soldados, empleadas, personal médico y de enfermería que retornaban o estaban de permiso, expusieron la realidad de lo que allí ocurría. En la televisión se mostraba la construcción de puentes y ciudades, la prensa contaba las condecoraciones a soldados, en las escuelas se les rendía homenaje a los héroes. Sin embargo, fue más allá, en las cocinas de los apartamentos, donde se gestó el cambio de narrativa. Todo escaló. Lo que en un principio era el “deber internacional”, “la defensa de las fronteras del sur”, pasó a ser un “error político”.

La segunda reflexión es que sí, la guerra la sufren diferente hombres y mujeres. Comenzaré con ellos. El relato de Alexiévich describe la ilusión con la que iban los jóvenes soldados a “cumplir su deber”. La propaganda había entrado en su ADN. Sin embargo, no me cabe en la cabeza —soy consiente de que no es una realidad lejana a la colombiana— que un muchacho de 18 años entre en combate, dispare, asesine. Una vez, luego de discutir la desigualdad que produce que sean solo hombres los que deban cumplir con el servicio militar, alguien me dijo: “están hechos para eso, para la guerra”. Pero lo que devela Los Muchachos de Zinc es que las repercusiones en la psiquis de los exsoldados a raíz de los traumas son enormes. Esto es peor aun cuando terminan con alguna limitación física. Ya adultos, quedan excluidos de un mercado laboral que no necesita hombres para la guerra. Algunos “afganos”, como se les conoce en Rusia, han terminado sirviendo como mercenarios tanto a entes estatales como al crimen organizado.

Con respecto a las mujeres, la tercera reflexión, emergen de las voces de las madres, viudas, agentes de inteligencia, empleadas, médicas y enfermeras. El libro exalta el amor y el duelo de las madres por sus hijos, quienes regresaban en ataúdes de zinc, cuerpos que no podrían ver, ni que pudieron despedir. No es lo normal que las madres entierren a sus hijos, menos cuando son tan jóvenes. El Estado respondía con severidad cualquier cuestionamiento sobre las causas de la muerte. Asimismo, las esposas terminaban siendo cabeza de hogar, con el sueño de tener una familia tradicional desechado. Las instalaciones militares, repletas de hombres, traen la degeneración del trato a la mujer. Pero también son ellas las enfermeras daban ánimos a los enfermos durante su recuperación. En suma, son roles, repercusiones y traumas que han de ser comprendidos de manera diferencial.

La cuarta reflexión es que el libro evidencia los efectos que la toma de los medios de producción tiene sobre la economía. La competencia en el mercado es el verdadero impulsor de mejoras en producción e innovación. La no existencia de ella repercute sobre el consumidor. Pero la guerra es un demandante diferente. Los relatos del libro dan cuenta, por ejemplo, de que las latas de comida suministradas al personal en Afganistán, eran las mismas que le daban a los combatientes de la Segunda Guerra Mundial -¡habían expirado hace 30 años!-, los uniformes eran igual obsoletos, pesaban 50 kilos. Pero lo que más sorprende es que ni siquiera los insumos médicos estaban en buen estado. Las gazas se deshacían, las jeringas debían compartirse. Los relatos de las enfermeras y médicos dan cuenta de la recursividad de sus acciones ante la escasez y la baja calidad de los elementos. Es más, cuando iban de permiso, sus equipajes iban llenos de insumos que ellos mismos compraban.

Por otro lado, el ser humano no puede escapar de algo tan natural como satisfacer sus necesidades, del carácter subjetivo y utilitarista de sus decisiones. Durante la invasión, bien sea por medio de saqueos, robo o intercambio, el personal soviético logró comprar y llevar a su país vestidos de piel, magnetófonos, televisores, entre otros, mercancía, en su mayoría japonesa, que no producía y no importaba la Unión Soviética.

La quinta reflexión es la obra misma con su carácter revolucionario, puesto que fue publicada tras el surgimiento de los quince Estados que sucedieron a la Unión Soviética. La última parte del libro expone el juicio al que fue sometida Alexiévich tiempo después de la publicación. Tanto grupos de madres como soldados rechazaban la imagen de los “afganos” como unos sanguinarios y no como héroes. Se opusieron al mismo relato que habían dado a la autora, en cual evidencia su desdén por el régimen que los había enviado allí. No obstante, Alexiévich y sus defensores manifestaban con ahínco que las demandas enmarcaban todo aquello que debía cambiar y reformar del antiguo régimen. Era el resurgimiento de la opresión, un retroceso en la búsqueda de aquel entonces por la democracia, el estado de derecho y la libertad. Un vestigio de que la corrección política no es un hecho reciente.

La última reflexión va para la labor de los internacionalistas. A veces pareciera que la disciplina de las Relaciones Internacionales olvida al individuo. El mainstream se concentra en exclusivo al fenómeno de la guerra, sus causas y cómo prevenirla, pero olvida el carácter humano de esta. La vuelta al individuo es reciente, con autores que los describen como activistas, precursores de normas internacionales y un sujeto más del derecho internacional público. Con Erli Margarita Marín-Aranguren, en la precariedad en la ontología sobre las sociedades civiles latinoamericanas en los estudios internacionales, evidenciamos que hay una alta concentración en los estudios regionales en los programas de Relaciones Internacionales en América Latina. Solo el 37% de estos tiene al menos una materia relacionada con las organizaciones de la sociedad civil. Tras los 100 años de la disciplina, esta debe ampliar el abanico, más allá de lo geopolítico.

¿Cómo entender el cambio?

Uno de los cuestionamientos que repercutió al inicio de la pandemia puede tener respuesta en el énfasis en el individuo. La propuesta es tomar la narrativa documental, las entrevistas a profundidad, como herramienta metodológica para acercarse, de primera mano, a los cambios y sus protagonistas. El internacionalista debe salir, hacer más trabajo de campo. Precisamente eso es lo que hizo Alexiévich con Los Muchachos de Zinc. ¿Cómo la guerra cambia a las personas? y ¿cómo esas personas impulsaron ideas que escalaron en rechazó al autoritarismo soviético?

En suma, súper recomendado el libro, tanto por las historias que cuenta, como por las enseñanzas que puede dejar en los que se adentran en él.


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