8 de enero de 2021

El legado de Trump

A raíz del asalto al Congreso de EE.UU., María Teresa Aya reflexiona sobre el legado del presidente Donald Trump.

María Teresa Aya Smitmans

Coordinadora de la Maestría en Asuntos Internacionales

Profesora e investigadora de la Escuela de Relaciones Internacionales de FIGRI

@ayateresa | maria.aya@uexternado.edu.co


En 1824, cuando Estados Unidos iniciaba su vida política y no tenía aún cincuenta años, Andrew Jackson ganó el voto popular y ganó los votos en el Colegio Electoral, pero, por razones políticas y compromisos electorales, perdió la elección presidencial en el Congreso cuando este tenía que certificar los resultados del Colegio Electoral. Lo aceptó y fue elegido presidente en 1828. Jackson no era un santo: bajo su presidencia los nativos americanos fueron removidos a la fuerza de sus hogares y creía en la esclavitud; incluso hay quienes quieren borrar su imagen de los billetes de veinte dólares, pero Jackson respetaba la Constitución de Estados Unidos y por eso, a pesar de sus creencias, fue importante. Trump no la respeta, ese es su legado.

El respeto por su Constitución y por la democracia ha sido un bastión de la política de EE. UU., sin embargo, Trump ha desconocido la Constitución y herido de gravedad la idea de democracia. Trump, en un esfuerzo ególatra por mantenerse en la presidencia, ha glorificado el extremismo y la polarización política. Este extremismo y polarización política son el enemigo de la democracia, no solo en Estados Unidos sino en cualquier país del mundo que sea democrático; van en contravía de la idea de tolerancia, compromiso y, sobretodo, de la del bien público. Anteponer los intereses individuales a los intereses generales y el bien público de una nación o pensar que los intereses propios deben ser los de la nación es una ofensa imperdonable en una democracia. Ese es el legado de Trump.

Imponer los intereses individuales de un presidente y venderlos como si fueran los del pueblo es una de las estrategias del populismo, y el populismo es otro enemigo de la democracia. El populismo entendido como convencer al pueblo que se está del lado de ellos para lograr su apoyo sin medir las consecuencias o viabilidad de las demandas es una herramienta que ataca las raíces de la democracia; es comprar el apoyo del pueblo, no ganárselo. En democracia, el ganador lo es porque venció en las elecciones, no porque ferió sus ideas en pos del triunfo. Ese feriar de ideas es el legado de Trump.

En una democracia saber perder es más importante que ganar las elecciones. Aceptar la pérdida y entregar el poder, así sea al contendor menos apreciado, es la base sobre la cual se construye, se apoya y se fortalece la democracia. Esto lo entendió Jackson en 1824, pero no Trump en 2020. Por el contrario, Trump llama al pueblo a desconocer los resultados electorales, a manifestarse y, si bien las manifestaciones son un derecho en las democracias, la violencia que las acompaña no lo es. Y esa violencia en el seno del Congreso de EE. UU., en la capital del país, es el legado de Trump.

La hegemonía de Estados Unidos en el mundo se basó en su visión liberal de la política y la economía. No obstante, en palabras de George Washington (1796), “en la serie de los tiempos y de las cosas, pueden aparecer hombres astutos, ambiciosos, y sin principios, que logren trastornar el poder del pueblo, y usurpar las riendas del mando, arruinando después a aquellas mismas máquinas que les proporcionaron elevarse a una injusta dominación”. Trump es uno de estos hombres y, como tal, atacó de frente los pilares de la democracia en EE. UU y dio formalmente inicio al fin de la hegemonía estadounidense tal y como la conocemos.

Ese es el legado de Trump.


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