19 de enero de 2022

Sobre el “liderazgo” mundial estadounidense

No se trata de remplazar una hegemonía por otra, sino de poner fin por siempre al unilateralismo, e ingresar a una fase de convivencia o coexistencia pacífica regida por los acuerdos multilaterales.

Pío García

Doctor en filosofía y especialista en el pensamiento y la geopolítica de Asia.

Profesor e Investigador de la Escuela de Relaciones Internacionales – FIGRI

pio.garcia@uexternado.edu.co


El primer aniversario de toma violenta del Capitolio, en Washington, desató numerosos comentarios sobre el liderazgo mundial de Estados Unidos. Eminentes intelectuales de la talla de Paul Krugman, premio Nobel en Economía, o Francis Fukuyama, teórico político convertido en celebridad al pronosticar la universalización de la democracia estadounidense, expresaron preocupaciones profundas sobre el futuro del país. El primero achaca a las obstrucciones de los republicanos la incapacidad de la primera potencia mundial de contener el coronavirus por medio de la vacunación masiva, un problema con repercusiones planetarias; para el segundo, por esa división interna “si los estadounidenses dejan de creer en una sociedad abierta, tolerante y liberal, nuestra capacidad para innovar y liderar como principal potencia económica del mundo también disminuirá.1 Para Thomas Friedman, otro reconocido analista político, la alarma es aún más acuciante: “Si la mayoría de los legisladores continúan fomentando el ‘hecho alternativo’ más políticamente perjudicial -que las elecciones de 2020 fueron un fraude- Estados Unidos no solo estará en problemas, sino que se dirigirá a lo que los científicos denominan ‘un evento a nivel extinción’.”2 En fin, según Jeffrey D. Sachs, renombrado economista y asesor de las Naciones Unidas, “la turbulencia estadounidense conlleva preocupantes consecuencias internacionales. Estados Unidos no puede liderar reformas globales ni siquiera puede gobernarse a sí mismo en forma coherente.”3

Las suspicacias de la intelectualidad estadounidense están fundadas en la arremetida contra el Congreso, por instigación directa de Donald Trump en enero de 2021, en su intento de evitar ceder el poder a Joe Biden, bajo el alegato del robo de las elecciones. Esta narrativa sigue viva y rebaja la imagen internacional de Estados Unidos al nivel de cualquier país tercermundista donde las élites enquistadas en el poder político se niegan a transferirlo. La llamada tendencia liberal teme que Trump y su gente regresen al poder en las elecciones de 2024 y se las arreglen para alejarla del gobierno por mucho tiempo.

La convergencia interna

Este panorama apocalíptico dibujado por los “progresistas” tiene asidero y por eso aparece sugestivo. Trump y su perorata misógina, racista, xenófoba, defensora de la brutalidad y ridiculizadora de la ciencia visibilizan el modo de pensar más retardatario hoy en día. Pero, ¿cómo puede tener tantos seguidores a estas alturas de desarrollo mental de la humanidad? Ante todo, hay que tener en cuenta la génesis de la polarización en el país. El público fanático del expresidente y sus ridiculeces congrega, por lo general, aquellas familias blancas despojadas del modo decente de vivir que vieron esfumarse como resultado de la pérdida del trabajo manufacturero, a raíz de la deslocalización industrial. No es otra cosa que los efectos perversos de las medidas neoliberales iniciadas por el republicano Reagan, pero acentuadas por los mandatarios de ambos partidos a lo largo de 4 décadas. Como lo explica Michael Sandel en su último libro4, la élite que cosechó los frutos de la globalización permaneció indiferente a la tragedia de los perdedores, cuyo resentimiento es alimentado por el populismo trumpiano.

Lo paradójico es que el acuerdo tácito entre los dos partidos políticos estadounidenses es más profundo de lo que pareciera. El Estado mínimo, el libre mercado, la flexibilización ambiental y laboral o la protección de la propiedad intelectual, aunque fueron consignas republicanas en su inicio, los demócratas no han sido menos solícitos en afianzarlas. En el caso de la tributación regresiva, Richard Nixon abrió la compuerta en los años setentas, en los ochentas la continuó Ronald Reagan; pero, el demócrata Bill Clinton mantuvo la tendencia. Así, la tasa impositiva de 70 por ciento sobre las ganancias corporativas bajó al 50 por ciento en 1970, Clinton la situó en el 40 por ciento en 1995, Bush Jr la mermó al 35 por ciento en 2001 y, en 2017, Trump la contrajo a tan solo el 21 por ciento.5

De este modo fue labrada la astronómica diferenciación económica en Estados Unidos a favor del 1 por ciento más acaudalado y beneficiario de la globalización económica, gracias a las medidas económicas de tributación regresiva por parte de la clase política, en un fenómeno que se tornó mundial.6 La concentración abismal de la riqueza y el concomitante empobrecimiento general de los pueblos explota, como lo vemos de forma cada vez más reiterada, en revueltas, protestas, destrucción de bienes públicos y privados, migraciones masivas y un profundo resentimiento contra la clase política.

La convergencia externa

El acuerdo tácito doméstico estadounidense es mucho más pronunciado en el frente externo. Más allá de la alharaca de la intelectualidad liberal por la posible pérdida de libertades públicas dentro de Estados Unidos, su miedo compartido es al retroceso en la función dominante mundial del país; es decir, el deterioro en su papel líder del “orden liberal”. De acuerdo con tal narrativa, gracias a Estados Unidos y solo por su liderazgo, el mundo es una vitrina enorme de artículos de consumo, ofertas de comunicaciones, educación, salud, vida urbana, partidos políticos y elecciones rutinarias. Ese país sería el eje del bienestar y la democracia, a los cuales solo se resisten unos cuantos países renegados.

Cuatro son los grandes objetivos que la autoproclamada rectoría mundial estadounidense debe tener bajo control: los enemigos políticos, los enemigos religiosos, los enemigos sociales y los enemigos económicos. Contra todos ellos, el argumento decisivo no es otro que la ofensiva militar, amparada en un presupuesto anual de 778 mil millones de dólares, correspondiente al 40 por ciento del gasto mundial en defensa. La “primera línea” de los enemigos a derrotar la componen, obviamente, en su orden, China y Rusia. La nueva administración de Biden no ha cambiado un ápice del discurso desafiante de Trump contra la potencia asiática, razón de ser de la alianza militar en construcción que involucra a India, Japón y Australia. Bajo la excusa de contener el “expansionismo” chino, en este momento Estados Unidos refuerza la ocupación militar de Japón y Corea, incentiva la modernización de equipo militar indio, le vende el submarino nuclear a Australia (dañándole el negocio a Francia) y le provee equipo avanzado a Taiwán. A Rusia la amenaza con intensificar el bloqueo económico que heredó de Trump y movilizar la OTAN, si Putin interviene en Ucrania.

Enemigos como Venezuela, Cuba o Irán son presionados por medio de los embargos de las cuentas bancarias, el bloqueo comercial y el desprestigio, con el chantaje latente de acciones militares directas. El caso de Irán comporta una característica particular, porque se encuentra en una doble condición de enemigo estadounidense, tanto por ser aliado de China como por tener la confesión islámica. Es que la civilización islámica (propulsora del desarrollo técnico, científico y económico del mundo moderno) constituye la segunda obsesión de la política internacional estadounidense, desde que el comunismo soviético se fue a pique. A partir de 2001, tras la toma de Afganistán y la invasión de Iraq en 2003, por parte de Bush Jr con base en los informes falsos de la capacidad nuclear de Sadam Hussein producidos por el gobierno israelí, ciertos países islámicos fueron el blanco de los ataques militares estadounidenses, secundados por países europeos, y terminaron convertidos en Estados fallidos. Afganistán, Iraq, Libia y Siria son los países más prominentes en ese cruel listado, al que desean agregar Irán.

El tercer enemigo comprende la compleja red narcotraficante que ingresa buena parte de las drogas que consume la sociedad estadounidense, el mayor mercado para esa producción en el mundo. La parte principal de las ventas es legal y la atienden las empresas farmacéuticas estadounidenses por medio de productos de receta médica. En 2019, 130 personas morían diariamente por efecto de sobredosis. Sobre esta “crisis de los opioides”, la película The crime of the century reveló la forma siniestra como el analgésico OxyContin, producido por Purdue Pharma, disparó la adicción y las muertes. A este se sumaron, entre otros, Duragesic y Nucynta, de Johnson y Johnson, y Actiq y Fentona de Teva Pharmaceutical. Dichos medicamentos contienen fentalino, un poderoso opioide 50 veces más potente que la heroína, y fueron presentados como no causantes de dependencia, pero en realidad llevaron a la tumba a medio millón de estadounidenses entre 2008 y 2017, mientras familias como la Sackler, dueña de Purdue Pharma, cosechaba miles de millones de dólares en ganancias.

Metanfetaminas, cocaína, heroína y crack son las principales drogas que los consumidores estadounidenses obtiene en el comercio ilegal. La política represiva del gobierno contra estas sustancias se enfoca en los carteles que trafican los estupefacientes y en las zonas productoras de sus insumos. México alberga las organizaciones narcotraficantes más mencionadas, combatidas sin éxito por ambos gobiernos, el estadounidense y el mexicano, por más de 4 décadas. Otro tanto sucede con Colombia, principal proveedor de cocaína. El presupuesto estadounidense para la lucha contra el narcotráfico en 2022 suma 1.100 millones de dólares7; sin embargo, no avanzan en nada en medidas contra los llamados paraísos fiscales, en Alaska, Texas, Nevada, Dakota del Sur, Delaware y Florida,8 amén de Mónaco, Irlanda o las conocidas islas caribeñas, en donde ser refugia el grueso de esas ganancias.

El cuarto componente de la agenda internacional en que coinciden ambas tendencias políticas estadounidenses es la defensa de los intereses económicos privados en pleitos contra otros agentes privados o gobiernos extranjeros, o para eliminar rivales determinados. Una situación patética, al respecto, la vive Argentina, cuya negociación con los tenedores de los bonos de su deuda externa quedó frenada por la renuencia de los jueces en Nueva York a desfavorecer al fondo de inversiones BlackRock.9 Por supuesto, la estrategia unilateral de los embargos es otra forma de neutralizar los competidores internacionales de las corporaciones estadounidenses. Piénsese, no más, en el sórdido mercado del petróleo y el gas al dejar por fuera a Rusia, Irán, Siria o Venezuela.

Hacia un sistema pos-hegemónico

El orden liberal mundial regentado por Estados Unidos, según la intelectualidad progresista, cuya posible disolución es motivo de tanto lamento, es en realidad el ejercicio del poder hegemónico global, al cual ambas élites estadounidenses -progresista y retrógrada- se resisten a abandonar. Es algo inscrito en el ADN de su política fundacional. No bien, las colonias lograron la independencia, tomaron como derecho propio el Destino Manifiesto, para iniciar el dominio continental con la conocida Doctrina Monroe, justificadora de las intervenciones en Cuba, Panamá, Guatemala, Chile o Grenada, y expulsar ya sea a españoles, ingleses o para anular las veleidades comunistas.

La hegemonía global fue recalcada por la confrontación de la guerra fría, al punto de convertir el planeta en una brigada estadounidense. Estados Unidos, además de tener la mayor producción de armas, es el primer exportador mundial y es el único país con despliegue de tropas en todos los continentes. Cuenta con 338 mil soldados en el exterior, en alrededor de 800 bases militares diseminadas en más de 70 países, mientras Rusia, Inglaterra y Francia juntas suman 30 solamente. Entre 1991 y 2018, el Pentágono realizó más de 100 acciones coercitivas de despliegue de tropas, controles, ejercicios militares en el exterior.10 Solo en Afganistán, descargó anualmente no menos de 7 mil bombas, muchas sobre objetivos equivocados. En 2017 atacó a los talibán con “la madre de todas las bombas”, la más destructiva después de la bomba atómica11

También se suele dibujar a Estados Unidos como faro de los derechos humanos. ¿Qué decir, al respecto, de la Escuela de las Américas, donde se prepararon los militares golpistas de Argentina y Chile y a los formadores de los escuadrones torturadores en toda América Latina? ¿Qué decir de la forma como terminaron arrasados Iraq o Afganistán, bajo el argumento del reconstruir sus instituciones? ¿Qué decir de esas escuelas de derechos humanos instaladas en Abu-Graib o Guantánamo, de las cuales solo se han podido ver unas pocas imágenes horrendas? ¿Es este el orden añorado por los liberales?

Un orden internacional auténtico es una tarea por cumplir. Tendría que ser un compromiso colectivo para el bien la humanidad en conjunto y no para el beneficio de unas cuantas personas, como lo es el actual 1 por ciento o a favor de unos cuantos países privilegiados. Debe ser un proyecto mancomunado, con garantías de participación de todos los Estados en pie de igualdad. Ello conduce a las negociaciones y acuerdos colectivos propios de la gobernanza multilateral. Para tal fin, la institución idónea no puede ser otra que la ONU y su red de instituciones.

El dominio hegemónico estadounidense, impuesto al mundo desde la mitad del siglo pasado, hace rato entró en crisis, pero su dirigencia y hasta la intelectualidad se niegan a aceptarlo. Muchas acciones violentas y más arbitrariedad caben esperar durante una fase en que la debilidad relativa dé paso al desespero.

Tampoco es sensato reivindicar nuevos dominios mundiales. No se trata de remplazar una hegemonía por otra, sino de poner fin por siempre al unilateralismo, e ingresar a una fase de convivencia o coexistencia pacífica regida por los acuerdos multilaterales. Los grandes desafíos de la civilización, como el cambio climático, la transparencia financiera, la tributación progresiva y los objetivos del desarrollo sostenible, comienzan a tener respuesta concertada a nivel multilateral. Con acierto, China y Rusia, están a favor de robustecer la ONU, en vez de desmantelarla. Es un dato esperanzador, por venir de los 2 contrincantes connotados del dominio de Estados Unidos, con el ingrediente adicional que ninguno de ellos se abroga frente al mundo un Destino Manifiesto.


Notas

1 Francis Fukuyama, “Un solo día bastó para que el mundo apartara la mirada de nosotros”. El Espectador, 9 de enero de 2022, p. 36.
2 Thomas Friedman, “¿Cómo detener a Trump y evitar otro 6 de enero?”. El Espectador, 7 de enero de 2022, p. 18
3 Jeffrey D. Sachs, “Estados Unidos se volvió un país de los ricos, por los ricos y para los ricos”. El Espectador, 16 de enero de 2022, pp. 16-17.

4 Michael Sandel, La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común? Bogotá, Penguin Random House, 2da reimpresión, 2021; traducción de Albino Santos Mosquera.
5 Jacob S. Hacker y Paul Pierson, Let them eat tweets. How the right rules in an age of extreme inequality. New York: Liveright, 2020.
6 Thomas Piketty, Capital in the twety-first century. Cambridge: Harvard University Press, 2017.

7 Office of National Drug Control Policy, National Drug Control Budget. FY 2022 Funding Highlights, May 2021. Cfr. https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2021/05/National-Drug-Control-Budget-FY-2022-Funding-Highlights.pdf
8 William Minter, “The United States of tax heavens”. Disponible en https://inequality.org/research/the-united-states-of-tax-havens/
9 Peter S. Goodman y Daniel Politi, “In Argentina’s Debt Negotiations, a Kinder, Gentler Capitalism Faces a Test”. Disponible en https://www.nytimes.com/2020/07/31/business/argentina-debt.html

10 James Siebens, Ryan Lucas y Jocelyn Wang, “US global force posture and US military operations short of war”. Disponible en https://www.stimson.org/2021/us-global-force-posture-and-us-military-operations-short-of-war/
11 The Law, Afghanistan/US, ‘Mother of all bombs?”. Disponible en https://casebook.icrc.org/case-study/afghanistanus-mother-all-bombs


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