28 de abril de 2021

Urge un nuevo planteamiento económico global

La crisis de la COVID-19 plantea interrogantes de fondo sobre el modelo económico que ha imperado en la mayor parte del mundo durante los últimos años.

Manuel Alejandro Rayrán Cortés

Docente de relaciones internacionales de FIGRI – Magister en Ciencias Políticas orientadas a las relaciones internacionales con especialidad en Diplomacia y Resolución de Conflictos de la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica.

@ManuelRayranC | manuel.rayran@uexternado.edu.co


La pandemia de la COVID-19 cumple un año de estar entre los seres humanos. Sus impactos en las diferentes esferas de la vida internacional permiten concluir que lo que ayer era impensable es real y posible hoy. Pero atención, con esto no se quiere decir que el mundo se esté acabando, como muchos fatalistas lo quieren mostrar; por el contrario, solo se está agotando la imagen hegemónica que se tiene de este y se está creando otra. Hoy, los cambios estructurales invariables y ascendentes que se gestaban desde la crisis financiera de 2008, y que se aceleraron con la COVID-19, han conducido a que el entramado social, que representa la estructura de las instituciones más importantes que ordenan la vida de los individuos en una sociedad, se transfigure; lo que significa que todos los seres humanos nos replanteemos nuestra relación con el otro y nuestro lugar en el mundo.

Esta transmutación es estructural y, en consecuencia, trae consigo cambios considerables en las decisiones políticas y económicas, que distan de las que habían gobernado años atrás. Dos ejemplos de esto son la decisión del presidente estadounidense Joseph Biden, quien desea reducir la interdependencia económica de Estados Unidos con las cadenas de suministros del mundo, y la propuesta de la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, quien aspira a establecer un impuesto a las sociedades globales. En otras palabras, Estados Unidos, el país promotor de la globalización en los años 80, pide menos globalización o, al menos, una más limitada.

Aunque el agotamiento de la imagen de cómo funciona el mundo y los cambios en el entramado social puedan generarles inseguridad, miedo y euforia a muchos, lo cierto es que estas transformaciones siempre crean nuevos espacios políticos para que los intereses, necesidades y discursos de las fuerzas sociales que componen la vida internacional debatan y crean un nuevo consenso ideológico, material e institucional del mundo. Este proceso de cambio no es nuevo; por el contrario, se vivió cuando —como consecuencia de la Gran Depresión de 1929— el liberalismo clásico fue reemplazado por las políticas keynesianas, y también en 1970, cuando estas fueron sustituidas a su vez con el paradigma del neoliberalismo, debido al estancamiento del crecimiento de esos años.

Sin embargo, con la crisis financiera de 2008, el paradigma neoliberal y el individualismo del laissez-faire generó un inmenso desencanto entre las mayorías, pues demostró la enorme brecha de desigualdad y confirmó que la regla de oro de funcionamiento del sistema es “mientras las ganancias se privatizan, las pérdidas se socializan”. A pesar de que la economía creció después de la crisis de 2008, pero no a los niveles de los años anteriores, el arribo de la pandemia de la COVID-19 volvió a no solo recordar las brechas existentes de inequidad, sino también las atizó.

Un paradigma económico y social más incluyente

Esta situación ha creado un espacio político para pensar un nuevo modelo de referencia de política económica que incluya a la sociedad civil y las normas sociales para legitimar el nuevo orden que nazca, pues el inconformismo social es alto y podría seguir erosionando la democracia. De ahí que, el modelo debe incorporar motivaciones tales como el compromiso con la justicia, la búsqueda y conquista real de la dignidad de hombres y mujeres, y la posibilidad de hacerse oír.

En ese sentido, la propuesta de la secretaria del Tesoro de Estados Unidos (Janet Yellen) de crear un nuevo impuesto global a las sociedades del 21% busca reducir el abuso fiscal corporativo a nivel mundial, recaudar fondos públicos que se necesitan con urgencia en estos momentos de la pandemia y tranquilizar a los ciudadanos furiosos por la injusticia económica en la que viven. Y es que el ocultamiento de dinero en paraísos fiscales engendra en sí mismo esa injusticia que las personas denuncian, pues de acuerdo con el Índice de Paraísos Fiscales Corporativos 2021, un grupo de países ricos, que determinan las reglas mundiales sobre fiscalidad corporativa a través de la OCDE, es responsable de más de dos tercios del abuso fiscal mundial. Además, según la Red para la Justicia Fiscal en noviembre 2020 afirmó que los países de todo el mundo están perdiendo más de 427 mil millones de dólares en impuestos cada año debido al abuso fiscal. De esta cantidad, 245 mil millones de dólares se pierden directamente por las empresas multinacionales y 182 mil millones de dólares por la evasión fiscal privada de personas naturales.

Esta medida apunta no solo a cerrar los grandes déficits fiscales y reducir la brecha de desigualdad tributaria, que tanto inconformismo produce, sino también aparece como un cambio en la estructura tributaria global para garantizar que las empresas no estén exentas de todas las jurisdicciones por los beneficios corporativos y que los nuevos esquemas fiscales se adapten a las dinámicas económicas de las grandes corporaciones digitales y los datos que estas generan.

En conclusión, el mundo atraviesa por una reestructuración del entramado social y el modelo de referencia de política económica que nazca debe ir más allá de las políticas keynesianas y del paradigma del neoliberalismo. La realidad productiva actual es distinta a la de esos años que dieron origen a tales estructuras económicas; de ahí que, el nuevo modelo económico debe adoptar una postura que beneficie a las mayorías, que tenga en cuenta los cambios tecnológicos, que las normas giren alrededor de la dignidad y bienestar de hombres y mujeres, y de construir un mejor mundo para corregir los riesgos globales que se han creado durante el último decenio. Ojalá que estas nuevas iniciativas no sean una estrategia “lampedusiana” más, “en la que se cambia todo para que nada cambie”, como lo afirma Guisseppe Tomasi di Lampedusa en su novela “El gatopardo”.


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